Manifiesto Friedmanista



Dr. Friedman
es un personaje mítico, una leyenda urbana, un rumor que trae el viento, un chajá que dice "chajá" pensando que le vas a afanar los pichones. Está en todas partes: desde la mancha de café con leche en tu cuaderno de apuntes, hasta el doblés blanquito de ese boleto de subte enterrado hace años en el bolsillo de aquella ochentosa campera flúo que ya no usas. Es la esencia filosófica detrás de la pelusa del ombligo, la fuerza que mueve a Yoda a hablar al revés.

Pero sobre todo, está ahí cuando gritás al viento "LA PUTA MADRE, PORQUE TODO ME PASA A MI?"

No solo te paso a vos. También nos paso a nosotros. También le pasó a ÉL.

Mostrando entradas con la etiqueta Azar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Azar. Mostrar todas las entradas

viernes, 23 de marzo de 2012

Not to ask


Mi curiosidad se me está llendo de las manos.

Me genera más ansiedad que respuestas.



domingo, 1 de enero de 2012

Pelotudo


Lo que sigue es una idea que tuve hace un tiempo, en parte inspirado por un acceso de ira. Mis opiniones no son exactamente las que expreso en caliente, pero como se suele decir por ahí, en todo dicho hay un fondo de verdad. Y esta no es la excepción.

Que lo disfruten!

El Pelotudo: víctima social o vengador del futuro?

Me propongo en este breve ensayo hacer una exposición de la condición del pelotudo moderno. Se trata, a mi entender, de un tema de importancia creciente en la actualidad debido al renovado acceso a medios de comunicación electrónicos que detenta la minoría social de pelotudos, los cuales han comenzado a mostrar sus opiniones y hartazgos con mayor soltura. El paso siguiente, entiendo, es la organización de un frente unido que vele por los derechos civiles de los pelotudos, que denuncie las injusticias que definen la pertenencia a tal grupo y coordine las formas de protesta que podrían ser eventualmente adoptadas. El paso final de este proceso sería naturalmente la fundación de una sociedad de fomento y un partido político homónimo.

En este sentido, considero relevante dar una introducción a la esencia del pelotudo; no tanto una definición, sino más bien una descripción. Confío en el lector la elaboración de su propia definición de pelotudo, una vez que identifique la personalidad a la que me refiero.

Ser un pelotudo es más que una actitud, es una posición filosófica frente a la vida. Se trata de una cosmovisión tácita, una especie de moral del pelotudo, que encamina las decisiones que se toman día a día en lo que se convierte aquello que los demás perciben como su identidad.

La gente juzga por lo que se le muestra, o mejor dicho, lo que cree ver: la mujer promedio lo ejemplifica perfectamente. Ésta responde en un 99% de los casos, sintiéndose atraída por el típico soltero independiente de bolsillo solvente, que la supera en todo (pero que nunca se lo hace notar); un personaje que demuestra durante el cortejo una distancia que hace sospechar indiferencia, y que se ve como una insensible pared de músculo a la cual siempre se le puede achacar –como espacio disponible para que ella se queje con sus amigas- el hecho de no compartir sus sentimientos ni de sentarse a escucharla cuando ella tiene algo que decir. Por otra parte, la mujer promedio ve en el pelotudo la forma "aberrante" que toma el hombre sensible, sensibilidad que, paradójicamente, no encuentra en el macho "idóneo" que tiene al lado. Cualquiera puede comprobar que el hombre emocionalmente comprometido con la relación que encara carece de sex appeal para el sexo opuesto (entendiendo el compromiso emocional como un factor importante de su personalidad, y no como una decisión a regañadientes tomada por un soltero exitoso que dijo "basta" después de dos décadas de joda).

En este sentido juega y fuerte la retorcida psiquis femenina que, por un lado, no puede frenar el instinto de Eros hacia la predilección por el hombre rudo, insensible, indiferente, violento inclusive, que la toma entre sus brazos con el salvajismo del que no repara en las preferencias del otro -más que como un simple protocolo con sentido hasta concretada la conquista- y que redunda en momentos compartidos, vacíos de todo significado romántico (algo heredado probablemente de nuestros ancestros homínidos, organizados bajo dominios patriarcales violentos, análogamente al comportamiento social de los chimpancés actuales). Pero, al mismo tiempo, las pinzas del Ego (atizadas por la cultura del feminismo beligerante) hacen patente que en los momentos del mimo, la caricia, la contención y sobre todo, la constancia y el respeto por la condición de mujer, se requiere otro tipo de hombre; y finalmente, acaban cerrándose alrededor del ideal etéreo del hombre sensible, del personaje que les dé "su lugar". La patente incompatibilidad entre ambas personalidades, y la evidente predilección de la primera sobre la segunda -que, hay que decirlo, es propia del pelotudo-, convierte cualquier conversación entre mujeres que toque estos temas en una sinfonía bizarra, de efectos vomitivos para cualquier pelotudo que escuche. La hipocresía del reclamo de la mujer disconforme, histérica, es simplemente intolerable. Siempre, desde luego, suponiendo que el pelotudo en cuestión reconozca su condición de estafado cósmico en la distribución de roles en la gran comedia de la vida; en caso contrario, puede llegar a interpretar estúpidamente que la mujer bajo protesta "necesita" de un hombre como él, y verse arrastrado a una persecución condenada al fracaso.

Pecando tal vez de insistente, reitero, es indudable que existe una especie de sensación de rechazo por aquello que justamente se achaca en las charlas cotorreras entre las amigas que se juntan a criticar sus posibles (o actuales) parejas, parejas tipificadas por el estereotipo de flaco que acabo de resumir. Dado que el pelotudo tiene por norma un buen oído y un hombro para contener, pero también la sensibilidad suficiente para reclamar una muestra inequívoca de afecto y de dependencia mutua con respecto a la mujer, sea cual sea el cariz romántico de la relación, esto termina redundando en la bien conocida condición de amigo “coche fúnebre” -en el mejor de los casos- o simplemente en el pelotudo marginado, en el otro extremo. Esto es importante de hacer notar: el pelotudo tiene un rol asignado por la sociedad por default, el de ser empleado como medio para superar adversidades emotivas por las mujeres arrojadas al desamparo por sus parejas actuales o ex parejas, un rol que redunda en el beneficio totalmente asimétrico que supone el ser un instrumento de desahogo.

Pelotudo no se es por genética, sino por pertenencia a un grupo social; es una posición creada en gran medida por las mujeres en su frenesí efímero e histérico por una felicidad que sencillamente no ven teniéndola en frente.

¿Existe promesa de redención feliz para el pelotudo? Lo dudo. Si Ud. se considera parte de esta reducida comunidad de espectadores eternos de la felicidad ajena, enquistado en posiciones de amigo coche fúnebre como acabo de describir, entonces seguramente haya sido objeto de peroratas interminables de contenido redentor del tipo “ya va a llegar tu momento”. Tales afirmaciones no sólo carecen de asidero fáctico, sino que el hecho que hayan sido pronunciadas oficia, justamente, de prueba directa en contrario. Nunca estará "tu momento" más lejano que cuando alguien diga que está cercano, con una palmadita en la espalda. La lástima es el sentimiento gemelo que surge en la gente autosuficiente cuando se toma la molestia de utilizar el sentido de empatía con el pelotudo. El sentimiento hermano es la hilaridad, tipificada por el “¡qué pelotudo!” seguido de carcajadas, aunque esta reacción puede considerarse políticamente incorrecta en charlas individuales, y tiende a manifestarse únicamente en grupos más o menos grandes en los cuales la culpa de la burla se disuelve en el número. Inspirar risa burlona o lástima por igual, es marca registrada del pelotudo; y ser objeto de palabras de aliento simplemente confirma que salir de tal condición, la de ser alguien en quien la sociedad se caga y cagará de forma sistemática por bastante tiempo, está -como mínimo- más lejos que si no se hubiese dicho nada.

Las únicas dos cosas a las cuales puede aferrarse un pelotudo, su espada y su escudo, son sencillamente estas: su dignidad y su rencor. La primera es el bien inalienable al que accede en el momento de su nacimiento toda persona humana; es el valor de la voluntad de ser (sea lo que sea aquello en lo que uno se convierta) sin haber sido hecho por una voluntad ajena, ya sea ésta un imperativo objetivo (por ejemplo, el instinto, esculpido por la selección natural y que rige sobre los animales) o subjetivo (otra persona, dueña de nuestras vidas). No importa desde una perspectiva trascendente, cósmica, que una sociedad te oprima bajo la etiqueta de perdedor y te excluya de los placeres del éxito: siempre será el pelotudo una criatura más valiosa que un pavo real.

Por último, el rencor es la última esperanza real de redención (aunque parcial e incompleta) a la que puede aspirar un pelotudo. Por sí solo, el rencor es un sentimiento poco importante; pero sazonado con un poco de ambición -que dé acceso a un cierto poder- se convierte en el vehículo de la venganza tanto simbólica como concreta. Si la frustración de la opresión genera un impulso de sacrificio y trabajo duro, en pos de objetivos que la sociedad no impida explícitamente que el pelotudo alcance (básicamente, estudiando aquello que nadie estudia y/o trabajando de aquello que nadie quiere trabajar), entonces existe la posibilidad de alcanzar tarde o temprano una posición de relativo poder, aunque se trate de un hecho contingente y seguramente efímero, que le permita descargar el fruto de los rencores añejados por años, de forma categórica. Humillación pública, exaltación de diferencias económicas y/o culturales, acceso a medios legales de infligir pérdidas materiales desastrosas, “accidentes” deliberados, o quizá algo tan pequeño como llevar a cagar al perro al jardín del antiguo opresor durante el paseo diario, se cuentan entre las posibles formas alocadas y apetitosas que puede tomar la venganza.

Es algo natural y largamente justificado: se trata en definitiva de devolver algo de equilibrio a este cosmos desigual. Y si es posible, de hacerlo desde el anonimato, disfrutando del espectáculo.

viernes, 24 de junio de 2011

Vicios de hoy, calefones de ayer

A nadie le gusta esperar, no sólo a mi. La ansiedad, esa irritante compañera invisible que siempre parece uno tener soplándole al oído, bajito, casi en un susurro tal que nadie más que uno pueda escuchar, nos advierte constantemente sobre la vastedad del colosal bolsón de sueños, anhelos, necesidades, frustraciones y deudas con uno mismo y con los demás con que uno carga a diario. Será que la ansiedad es una bestia insaciable, una muestra de la vertiente autodestructiva de la personalidad, esa que nunca te deja disfrutar del hoy debido a la preocupación por lo que falta (y que más vale te pongas en movimiento para siquiera acceder a la posiblidad de tenerlo el día de mañana) que reniega de una verdad evidente: que la vida está compuesta de << presentes >>, y que cada presente es una instantánea congelada en el gran mecanismo de relojería del Universo del que somos simplemente un engranaje más, totalmente dispensables y reemplazables sin la más mínima influencia en los aconteceres cósmicos que setean los límites a los que está sujeta la existencia humana.

A pesar saberlo, a la ambición ansiosa que toma el poder en mi cabeza (cual golpe de Estado) simplemente elije mirar para otro lado, reprimir la conciencia de su propia naturaleza efímera, ya que si el << mañana >> o lo que << pudo ser >> son simplemente conceptos que guían una estrategia de comportamiento razonando condicionalmente (léase, si hoy pisé mierda, mañana miraré la vereda puesto que pude no haberla pisado y ahorrádome el mal momento) y no una rígida dictadura cuya aplicación permanente garantiza el cumplimiento de los objetivos de vida (léase a su vez, si hoy pisé mierda, es porque no estuve atento al suelo como debí haber hecho, algo que haré siempre y en cada momento de aquí en más, puesto que no hacerlo siginificará el castigo interno de la culpa y la convicción de que << soy un pelotudo >>), entonces la ansiedad y la ambición como auto-presión para no equivocarse y "animarse a más" -no como elección sino como obligación- no pueden ser más que una rémora obsesiva carente de sentido.

Pero aunque no resiste un análisis burdamente abordado en unas cuantas líneas, como acabo de describir, la ansiedad ambiciosa y la culpa por el fracaso inminente o potencial no desaparecen. Son como sanguijuelas enquistadas en lo más profundo de mi ser, una especie de estaca clavada al pie de un cartel que dice "Aquí finaliza su autoestima. Bienvenido a Melancolandia". Tanto es así que basta un tropiezo para que Melancolandia invada mi autoestima, bombardee los territorios limítrofes y extienda hacia afuera sus fronteras mandándome, exiliado de guerra, a un pedorro y siente-lástima-por-uno-mismo-edor estado de depresión. Podemos descartar que todo esto sea por los desajustes hormonales de la adolescencia: hablo con 20 años y puedo dar fe de la madurez de mis gónadas. Esto es algo distinto, una patología psicológica, o quizá psico-social (tal vez una leve pero persistente neurosis obsesiva).



Lo social es insoslayable. Si tuviese que buscar una causa o génesis de mis ambiciones de autosuperación obsesivas (fundamentalmente a través de la excelencia académica) aunadas a la fragilidad de mi autoestima y la carga de ansiedad, la ubicaría en los años inmediatamente prepúberes en los que como niño obeso fui marginado entre mis compañeros de la escuela primaria (salvando unos pocos compañeritos con los cuales hice migas) y más importante aún, el hecho que el panorama estaba dominado por la cultura de la negrada inmunda (creo que es la manera más compacta de expresarlo) que tuvo su auge sobre todo después de la crisis de 2001-2002 y que sigue vigente hasta nuestros días, si bien con apoyo social decreciente entre los sectores medios (algo que no ocurría en esa época, en la que inclusive escuchabas hablar como un ignorante anencéfalo y chorro a pibes de familias normales y de barrio). Ese contexto de cargadas y descansos constantes con el único objetivo de rebajar al otro, en el que no se hacían esperar las burlas a compañeros con discapacidades (burlas muy crueles por cierto), donde los individuos << más respetados >> dentro de la clase eran los que habían golpeado a más chicos, o que se sabía que tranquilamente podrían hacerlo (generalmente se trataba de un negro trogloditoide con cara de papa), donde las pocas minas que había -por regla feas y amachonadas ellas- sobre todo hacia el final de los años de primaria, se agrandaban inmersas en ese ambiente primitivo y cavernario, y eran abordadas por los << machos alfa >> con toques en el culo alevosos y ni una palabra civilizada; en fin, todo aquello que constituye la subcultura decadente y repugnante de la negrada beligerante, no tuvo otro efecto en mi personalidad en gestación que la introversión y la necesidad de buscar un refugio para aquello que según los valores que me habían inculcado era lo correcto.



Y si bien empezó de a poco (los estudios primarios y secundarios poco valen hoy día) se transformaron gradualmente en una máxima de oro cuando empezaron a llegar los primeros logros a nivel universitario. Una etapa en la que me encuentro hoy día y por la que seguiré transitando (si Dios quiere) por varios años más.

Así las cosas, supongo que soy lo que soy en parte por el estrés cultural que me tocó vivir durante mis años de formación como personalidad independiente. El resultado: una ambición insaciable por despegarme del sucio barro de la mediocridad decadente y sin un sentido en la vida con la que me tocó iniciar el camino, quizá para reivindicar astrológicamente y sin lugar a dudas que mi elección de vida fue mejor que la de ellos, para ser un ejemplo o una referencia para todos aquellos nicolasitos del mundo que dudan de sus valores por convivir con negros soretes cuya idea de realización personal es ir a romper alambradas y asientos a la popular de la cancha de su club y cogerse un chimpancé hembra con rodete en el pelo, en una hamaca paraguaya.



Eso es lo que soy. Un loco de mierda.

martes, 9 de noviembre de 2010

Time


Tiempo. Es uno de estos dias que desearia que los dias tuviesen 48 hs. O que existiese el dia Osvaldo. El tiempo es una variable que se me esta extinguiendo con el correr de los dias.
Este mes se esfuma rapidamente; practicamente perdi mi vida social, por cuestiones laborales (a.k.a. cambie de trabajo, por uno con todas las de la ley, incluyendo contrato) y se me nubla el panorama. No puedo balancear la facu, el trabajo, mi vida, los quehaceres y el boludeo, especialmente la primera, que se me esta complicando.
Tal vez es medio animal, si hacemos cuentas:
lunes a viernes, salgo a las 7 am y aparezco con vida (si no contamos retrasos de trenes) a las 21.30
Sabados pierdo medio dia tambien. Y mi vida donde quedo ?
Estos ultimos meses supe ver crecer mi vida; conoci un monton de gente copadisima, hice nuevas amistades, me desligue de algunas personas (a pesar del dolor), tuve encuentros cercanos del tercer tipo (?), incluso amagué con encontrar el amor. Y todo esto adonde va a parar ? Tambien todas las actividades que tenia planeadas hacer (pendientes "arco y flecha", Ingles, el tratamiento dental con aparatos) iran al archivo, como una sutil anecdota para recordar.
Incluso un verano con ahorros he perdido, pues las "vacaciones" ahora no existiran, y me queda (por tercera vez consecutiva) un verano laburando, y seguramente estudiando para algun final (y no olvidemos Fisica, y la posibilidad de curso de verano. MI KARMA)

Hasta que punto (y esto mereceria un profundo analisis) valen la pena los cambios ?
Dejar cosas atras, por ver un horizonte a futuro.. Pero cual es mi horizonte ? Hacia donde voy, a que apunto ? Creo que lo planeo dia a dia, mas por incertidumbre que por "vivo la vida".
Crecer, madurar, independencia, y derivados empiezan a voltear por la cabeza.
En fin, solo tengo a priori 2 objetivos a corto plazo. Veremos que sale. Y si no, no se va a morir nadie.

Dejo el tema que da titulo a esta entrada, que en realidad me acorde por el nombre nomas. No es que la letra no me inspire, pero si debo admitir que los acordes fluyendo me permiten olvidar un poco todo esto.





OffT: Mencion especial a Nala, mi querida perra, que este noviembre me abandono tras casi 12 años. Nunca te voy a olvidar.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

That's posmo show!

Qué es ser feliz? Parece una pregunta simple, evidente, boluda si se quiere; uno evoca la sensación y automáticamente la interrogante planteada parece el fruto de un acto de infantil ingenuidad, una frase que únicamente podría salir de la boca de un nene con las rodillas embarradas y la cara cachetona sucia de chocolate.

Lo mismo podría pensarse si uno preguntase: ¿Qué es el rojo? ¿Qué distingue al rojo del verde? ¿Qué es la nada?

Se trata de cuestiones básicas, pilares de los cuales pueden derivarse otros conceptos como la nitidez, la saturación, la dimensión, la angustia o el placer. Uno no piensa en tales preguntas, no se plantean: simplemente se aceptan como verdades evidentes que se reconocen por la experiencia. Y es así -por la experiencia- como sabemos qué es el rojo y qué lo distingue del verde. O al menos eso creemos.

Haga la prueba: trate de definir "rojo" sin usar la palabra color ni el nombre de cualquier otro color en particular (como el verde). Eso sí, abandone la idea de una respuesta elegante o simple, o de unir el concepto al proceso físico que lo desencadena: el "rojo" no es una radiación electromagnética (un tipo de luz), sino que la interacción de tal radiación con la retina es la que genera la sensación de "rojo" en la corteza cerebral. El "rojo" es una percepción humana, un atributo virtual, no un objeto real.

La felicidad será también una percepción humana, subjetiva, una reacción personal independiente frente a una realidad imparcial? Puede que sí, pero al ser uno mismo un ser humano la respuesta quedará indefinidamente en tinieblas. Parece ser que hay motivos para ser feliz o no serlo, es decir, la realidad puede ser generosa o tacaña en cuanto al éxito personal (todo quien haya conocido la frustración de esforzarse para conseguir algo y no obtenerlo sabe que la voluntad no lo puede todo, que hay cosas que dependen de la suerte) pero también puede que tales motivos no existan más que en la mente de cada uno. Es posible que nuestra cabeza recuerde selectivamente ciertos hechos y olvide otros, y que la frecuencia de eventos agradables recordados con respecto a los desagradables (recuerdos independientes del capricho azaroso del universo) determine lo que llamamos suerte. Y en consecuencia, de esa esquiva sensación de felicidad.

No creo que haya una respuesta definitiva, pero pensar en la felicidad (o en su falta) como una cuestión subjetiva, anímica, puede ayudar a relativizar internamente las teorías conspirativas de "todo el mundo está confabulado contra mi" y "todos tienen a alguien menos yo" que tienden a asomarse en momentos de depresión. Esto es importante porque la mala suerte es motivo de charla, pero la buena no: todos echamos culpas al mundo por los fracasos, pero los resultados satisfactorios los atribuímos a nuestro esfuerzo o capacidad innata, no al azar.






El cuadro queda completo (aunque sin conclusiones, que no las hay): ni la mala suerte es culpa de la ingratitud del mundo, ni la buena suerte es un invento de los envidiosos de nuestro éxito, sino que siempre se pasan por alto razones para sentirse realizado -tanto como el azar influye poderosamente en que existan motivos para sentirnos felices-.