Manifiesto Friedmanista



Dr. Friedman
es un personaje mítico, una leyenda urbana, un rumor que trae el viento, un chajá que dice "chajá" pensando que le vas a afanar los pichones. Está en todas partes: desde la mancha de café con leche en tu cuaderno de apuntes, hasta el doblés blanquito de ese boleto de subte enterrado hace años en el bolsillo de aquella ochentosa campera flúo que ya no usas. Es la esencia filosófica detrás de la pelusa del ombligo, la fuerza que mueve a Yoda a hablar al revés.

Pero sobre todo, está ahí cuando gritás al viento "LA PUTA MADRE, PORQUE TODO ME PASA A MI?"

No solo te paso a vos. También nos paso a nosotros. También le pasó a ÉL.

domingo, 1 de enero de 2012

Pelotudo


Lo que sigue es una idea que tuve hace un tiempo, en parte inspirado por un acceso de ira. Mis opiniones no son exactamente las que expreso en caliente, pero como se suele decir por ahí, en todo dicho hay un fondo de verdad. Y esta no es la excepción.

Que lo disfruten!

El Pelotudo: víctima social o vengador del futuro?

Me propongo en este breve ensayo hacer una exposición de la condición del pelotudo moderno. Se trata, a mi entender, de un tema de importancia creciente en la actualidad debido al renovado acceso a medios de comunicación electrónicos que detenta la minoría social de pelotudos, los cuales han comenzado a mostrar sus opiniones y hartazgos con mayor soltura. El paso siguiente, entiendo, es la organización de un frente unido que vele por los derechos civiles de los pelotudos, que denuncie las injusticias que definen la pertenencia a tal grupo y coordine las formas de protesta que podrían ser eventualmente adoptadas. El paso final de este proceso sería naturalmente la fundación de una sociedad de fomento y un partido político homónimo.

En este sentido, considero relevante dar una introducción a la esencia del pelotudo; no tanto una definición, sino más bien una descripción. Confío en el lector la elaboración de su propia definición de pelotudo, una vez que identifique la personalidad a la que me refiero.

Ser un pelotudo es más que una actitud, es una posición filosófica frente a la vida. Se trata de una cosmovisión tácita, una especie de moral del pelotudo, que encamina las decisiones que se toman día a día en lo que se convierte aquello que los demás perciben como su identidad.

La gente juzga por lo que se le muestra, o mejor dicho, lo que cree ver: la mujer promedio lo ejemplifica perfectamente. Ésta responde en un 99% de los casos, sintiéndose atraída por el típico soltero independiente de bolsillo solvente, que la supera en todo (pero que nunca se lo hace notar); un personaje que demuestra durante el cortejo una distancia que hace sospechar indiferencia, y que se ve como una insensible pared de músculo a la cual siempre se le puede achacar –como espacio disponible para que ella se queje con sus amigas- el hecho de no compartir sus sentimientos ni de sentarse a escucharla cuando ella tiene algo que decir. Por otra parte, la mujer promedio ve en el pelotudo la forma "aberrante" que toma el hombre sensible, sensibilidad que, paradójicamente, no encuentra en el macho "idóneo" que tiene al lado. Cualquiera puede comprobar que el hombre emocionalmente comprometido con la relación que encara carece de sex appeal para el sexo opuesto (entendiendo el compromiso emocional como un factor importante de su personalidad, y no como una decisión a regañadientes tomada por un soltero exitoso que dijo "basta" después de dos décadas de joda).

En este sentido juega y fuerte la retorcida psiquis femenina que, por un lado, no puede frenar el instinto de Eros hacia la predilección por el hombre rudo, insensible, indiferente, violento inclusive, que la toma entre sus brazos con el salvajismo del que no repara en las preferencias del otro -más que como un simple protocolo con sentido hasta concretada la conquista- y que redunda en momentos compartidos, vacíos de todo significado romántico (algo heredado probablemente de nuestros ancestros homínidos, organizados bajo dominios patriarcales violentos, análogamente al comportamiento social de los chimpancés actuales). Pero, al mismo tiempo, las pinzas del Ego (atizadas por la cultura del feminismo beligerante) hacen patente que en los momentos del mimo, la caricia, la contención y sobre todo, la constancia y el respeto por la condición de mujer, se requiere otro tipo de hombre; y finalmente, acaban cerrándose alrededor del ideal etéreo del hombre sensible, del personaje que les dé "su lugar". La patente incompatibilidad entre ambas personalidades, y la evidente predilección de la primera sobre la segunda -que, hay que decirlo, es propia del pelotudo-, convierte cualquier conversación entre mujeres que toque estos temas en una sinfonía bizarra, de efectos vomitivos para cualquier pelotudo que escuche. La hipocresía del reclamo de la mujer disconforme, histérica, es simplemente intolerable. Siempre, desde luego, suponiendo que el pelotudo en cuestión reconozca su condición de estafado cósmico en la distribución de roles en la gran comedia de la vida; en caso contrario, puede llegar a interpretar estúpidamente que la mujer bajo protesta "necesita" de un hombre como él, y verse arrastrado a una persecución condenada al fracaso.

Pecando tal vez de insistente, reitero, es indudable que existe una especie de sensación de rechazo por aquello que justamente se achaca en las charlas cotorreras entre las amigas que se juntan a criticar sus posibles (o actuales) parejas, parejas tipificadas por el estereotipo de flaco que acabo de resumir. Dado que el pelotudo tiene por norma un buen oído y un hombro para contener, pero también la sensibilidad suficiente para reclamar una muestra inequívoca de afecto y de dependencia mutua con respecto a la mujer, sea cual sea el cariz romántico de la relación, esto termina redundando en la bien conocida condición de amigo “coche fúnebre” -en el mejor de los casos- o simplemente en el pelotudo marginado, en el otro extremo. Esto es importante de hacer notar: el pelotudo tiene un rol asignado por la sociedad por default, el de ser empleado como medio para superar adversidades emotivas por las mujeres arrojadas al desamparo por sus parejas actuales o ex parejas, un rol que redunda en el beneficio totalmente asimétrico que supone el ser un instrumento de desahogo.

Pelotudo no se es por genética, sino por pertenencia a un grupo social; es una posición creada en gran medida por las mujeres en su frenesí efímero e histérico por una felicidad que sencillamente no ven teniéndola en frente.

¿Existe promesa de redención feliz para el pelotudo? Lo dudo. Si Ud. se considera parte de esta reducida comunidad de espectadores eternos de la felicidad ajena, enquistado en posiciones de amigo coche fúnebre como acabo de describir, entonces seguramente haya sido objeto de peroratas interminables de contenido redentor del tipo “ya va a llegar tu momento”. Tales afirmaciones no sólo carecen de asidero fáctico, sino que el hecho que hayan sido pronunciadas oficia, justamente, de prueba directa en contrario. Nunca estará "tu momento" más lejano que cuando alguien diga que está cercano, con una palmadita en la espalda. La lástima es el sentimiento gemelo que surge en la gente autosuficiente cuando se toma la molestia de utilizar el sentido de empatía con el pelotudo. El sentimiento hermano es la hilaridad, tipificada por el “¡qué pelotudo!” seguido de carcajadas, aunque esta reacción puede considerarse políticamente incorrecta en charlas individuales, y tiende a manifestarse únicamente en grupos más o menos grandes en los cuales la culpa de la burla se disuelve en el número. Inspirar risa burlona o lástima por igual, es marca registrada del pelotudo; y ser objeto de palabras de aliento simplemente confirma que salir de tal condición, la de ser alguien en quien la sociedad se caga y cagará de forma sistemática por bastante tiempo, está -como mínimo- más lejos que si no se hubiese dicho nada.

Las únicas dos cosas a las cuales puede aferrarse un pelotudo, su espada y su escudo, son sencillamente estas: su dignidad y su rencor. La primera es el bien inalienable al que accede en el momento de su nacimiento toda persona humana; es el valor de la voluntad de ser (sea lo que sea aquello en lo que uno se convierta) sin haber sido hecho por una voluntad ajena, ya sea ésta un imperativo objetivo (por ejemplo, el instinto, esculpido por la selección natural y que rige sobre los animales) o subjetivo (otra persona, dueña de nuestras vidas). No importa desde una perspectiva trascendente, cósmica, que una sociedad te oprima bajo la etiqueta de perdedor y te excluya de los placeres del éxito: siempre será el pelotudo una criatura más valiosa que un pavo real.

Por último, el rencor es la última esperanza real de redención (aunque parcial e incompleta) a la que puede aspirar un pelotudo. Por sí solo, el rencor es un sentimiento poco importante; pero sazonado con un poco de ambición -que dé acceso a un cierto poder- se convierte en el vehículo de la venganza tanto simbólica como concreta. Si la frustración de la opresión genera un impulso de sacrificio y trabajo duro, en pos de objetivos que la sociedad no impida explícitamente que el pelotudo alcance (básicamente, estudiando aquello que nadie estudia y/o trabajando de aquello que nadie quiere trabajar), entonces existe la posibilidad de alcanzar tarde o temprano una posición de relativo poder, aunque se trate de un hecho contingente y seguramente efímero, que le permita descargar el fruto de los rencores añejados por años, de forma categórica. Humillación pública, exaltación de diferencias económicas y/o culturales, acceso a medios legales de infligir pérdidas materiales desastrosas, “accidentes” deliberados, o quizá algo tan pequeño como llevar a cagar al perro al jardín del antiguo opresor durante el paseo diario, se cuentan entre las posibles formas alocadas y apetitosas que puede tomar la venganza.

Es algo natural y largamente justificado: se trata en definitiva de devolver algo de equilibrio a este cosmos desigual. Y si es posible, de hacerlo desde el anonimato, disfrutando del espectáculo.

domingo, 23 de octubre de 2011

Click

Las ganas de experimentar. Mandarse solo. Investigación, caos y desinformación. Si algo caracteriza a mi carrera, es la constante evolución, los cambios, las nuevas tecnologías, cambios de paradigmas, entre otras cosas. Si no te moves, te estancas. La facultad, el laburo, charlar con experimentados del tema me lo muestra, todos los dias.
Donde todos intentamos destacar, donde buscamos no desentonar, diferenciarnos de los demas, "juntarla en pala", y otras cosas, plantearnos desafios es una buena razon para crecer.
Tengo que ubicar mis tiempos, el desgano que dia a dia me sigue ganando, y probablemente me implique algun cambio de perspectiva. Me llevara tiempo, tal vez uno o dos años, para tener algo "basico" pero que espero poder hacerlo crecer dia a dia. Mes a mes.
Que orgullo sería si a alguien le llega a ser util, o que pueda valorar el esfuerzo y tiempo que le dedique.
Y ni hablar si me llega a servir academicamente.


El sabado 22/10 empece, lentamente, un proyecto personal. Que tan lejos llegaré ? Hagan sus apuestas.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Esperando al Viejo



Seguimos esperando la tan ansiada entrada que debe mi compañero de redacción.

No se impaciente, señor.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Resumen del día

Mi cabeza parece, desde hace al menos medio año, haber ingresado en una fase de saturación de contenidos. Partiendo de una situación bastante mediocre al terminar la secundaria, el ingreso a la universidad marcó un despegue de capacidades intelectuales prístinas, ocultas, embrionarias por falta de estímulo en un secundario mediocre (exceptuando lo social) hasta sorprenderme a mi mismo de mi propio rendimiento y potencial de entendimiento de conceptos abstractos, que consideraba vedados al alcance de mi mente. Recuerdo leer libros de química general, siendo un estudiante secundario, y encontrarme alarmado con los operadores integral o sumatorio (e.d. sus respectivos símbolos) teniendo que omitirlos de mi lectura y saltarme las demostraciones por ser bajo mi punto de vista ignorante del momento, garabatos raros, como si hubieran sido escritos en un idioma extranjero.

Dado que mi afición a la lectura no es nueva, siempre tuve facilidad para las materias basados en chamuyo (y esto se extiende a la primaria naturalmente), pero nunca me sentí orgulloso de la capacidad de oratoria que daba el simple hecho de leer cosas y recordarlas desde una perspectiva narrativa. Poder contar cualitativamente por qué cae una piedra no es lo mismo que desarrollar el modelo matemático de la mecánica newtoniana que, aunque involucra ecuaciones diferenciales sencillas, no puede comprenderse en total magnitud hasta haberse terminado un curso introductorio de cálculo o análisis real. Esa clase de conocimiento abstracto, general, y ubicuo que hace a la matemática la reina de las ciencias, era el bagaje cultural del que siempre había carecido y que había llegado a asumir, tácitamente, como superior a mi potencial de capturarlo.

El crecimiento del primer año fue espectacular. Si bien el proceso no estuvo exento de frustraciones y de estrés por lo difícil de ponerse a la altura de las circunstancias, recuerdo claramente que prestar atención en clase, revisar la bibliografía, hacer ejercicios propuestos y realizar consultas (que eran amablemente contestadas por los gigantes de la docencia que conocí en aquel momento y cuya labor espero sigan realizando con otros que, como yo entonces, sean ignorantes de lo transitorio de su propia ignorancia), bastaba para entender los contenidos de forma cabal. Aprobar los exámenes, habiendo entendido cabalmente los temas, era una cuestión que quedaba en segundo plano (y, naturalmente, no tuve demasiados problemas en aprobarlos, y promocionar todas las materias que el plan de estudios permitió).


La situación que describo se fue estancando en mi segundo año (con algunos altibajos) y finalmente en este tercer año, pareciera que la pendiente se hubiese vuelto negativa. No estoy seguro de que el retroceso haya comenzado ya o si solo es un hecho inminente, pero el número de parciales en los que me encontré este año en posición precaria (esto es, no habiendo entendido totalmente o podido recordar los temas exigidos por la materia) es demasiado elevado como para considerarlos simples accidentes. Lo que es peor: las clases se vuelven más difusas, los contenidos que se explican en clase se contradicen con frecuencia, las ambigüedades están a la orden del día (sobre todo con la nomenclatura a emplear) y el apoyo bilbiográfico y/o los apuntes recomendados son demasiado extensos como para seguir el programa de la clase usando el back-up externo. Tal vez sea demasiado duro conmigo mismo, y la mayor parte de la culpa de este cambio en el estado de cosas se deba a la posible incompetencia del equipo docente respecto de la exigencia de las cátedras (que parece volverse crónico al avanzar la carrera); pero no puedo evitar pensar, sobre todo por la aparente comodidad con la que algunos de mis compañeros de clase parecen surfear estos contratiempos, que el que está sufriendo una decadencia en sus capacidades es quien escribe.
Producción de Hulla en EE.UU. entre 1830 y 1930. La curva que llega a un pico para luego decrecer, típica de la explotación de un recurso no renovable (finito), parece asemejarse amargamente a mi desempeño académico

No sé cual es el final de esta historia. Si se confirmasen mis sospechas de que mi rendimiento, mi cabeza, ya llegó a un límite y de aquí en más se irá convirtiendo (gradualmente) en una masa esponjosa de tejido inservible, entonces no sé qué podría rellenar el hueco que hoy ocupan las esperanzas depositadas en éste. La verdad es que si me lee alguien que me conoce, lo primero que se le ocurrirá será que soy un boludo exagerado, y Dios sabe que me dejaría escupir por un chimpancé sarnoso si esa fuese la única verdad, pero no creo que el simple reduccionismo a mi inseguridad pueda explicar las señales que percibo como semáforos y que apuntan en esta dirección.

Tampoco ayudan las recientes confirmaciones, fácticas, de lo propenso que soy a fracasar en mis intentos de generar algo con las minas con las cuales, al menos de momento y por diversas razones que espontáneamente estallan en mi cabeza, parece posible que algo interesante ocurriese. Lo más gracioso es que no encuentro nada de sorpresivo en los fracasos en sí mismos, parece natural que no se dé cuando lo veo en retrospectiva; pero tampoco parece tan antinatura que sí se diese, si uno se toma el trabajo de pensar la relación. Si bien mi personalidad puede ser considerada excéntrica, sé también que muchas me han llamado gracioso, profundo o simplemente un buen pibe, para abreviar; y sé también que desde lo físico no tengo nada que envidiar -ni nada de qué enorgullecerme demasiado, tampoco-. Soy una persona común y corriente, de tal forma que quien me conoce en la calle no se inclina en uno u otro sentido si se da la pregunta de si estoy o no en pareja. No obstante, las cosas sistemáticamente no se me dan, hablando siquiera de los primeros pasos de algo que podría crecer, y no tengo a nadie a quien culpar (ni siquiera a mi mismo).

En resumen, si mi cabeza me abandona, mucho más no me queda. Y lo que es peor: no tengo la más mínima idea de por qué me abandona mi cabeza ni de por qué no me queda mucho más.

viernes, 24 de junio de 2011

Vicios de hoy, calefones de ayer

A nadie le gusta esperar, no sólo a mi. La ansiedad, esa irritante compañera invisible que siempre parece uno tener soplándole al oído, bajito, casi en un susurro tal que nadie más que uno pueda escuchar, nos advierte constantemente sobre la vastedad del colosal bolsón de sueños, anhelos, necesidades, frustraciones y deudas con uno mismo y con los demás con que uno carga a diario. Será que la ansiedad es una bestia insaciable, una muestra de la vertiente autodestructiva de la personalidad, esa que nunca te deja disfrutar del hoy debido a la preocupación por lo que falta (y que más vale te pongas en movimiento para siquiera acceder a la posiblidad de tenerlo el día de mañana) que reniega de una verdad evidente: que la vida está compuesta de << presentes >>, y que cada presente es una instantánea congelada en el gran mecanismo de relojería del Universo del que somos simplemente un engranaje más, totalmente dispensables y reemplazables sin la más mínima influencia en los aconteceres cósmicos que setean los límites a los que está sujeta la existencia humana.

A pesar saberlo, a la ambición ansiosa que toma el poder en mi cabeza (cual golpe de Estado) simplemente elije mirar para otro lado, reprimir la conciencia de su propia naturaleza efímera, ya que si el << mañana >> o lo que << pudo ser >> son simplemente conceptos que guían una estrategia de comportamiento razonando condicionalmente (léase, si hoy pisé mierda, mañana miraré la vereda puesto que pude no haberla pisado y ahorrádome el mal momento) y no una rígida dictadura cuya aplicación permanente garantiza el cumplimiento de los objetivos de vida (léase a su vez, si hoy pisé mierda, es porque no estuve atento al suelo como debí haber hecho, algo que haré siempre y en cada momento de aquí en más, puesto que no hacerlo siginificará el castigo interno de la culpa y la convicción de que << soy un pelotudo >>), entonces la ansiedad y la ambición como auto-presión para no equivocarse y "animarse a más" -no como elección sino como obligación- no pueden ser más que una rémora obsesiva carente de sentido.

Pero aunque no resiste un análisis burdamente abordado en unas cuantas líneas, como acabo de describir, la ansiedad ambiciosa y la culpa por el fracaso inminente o potencial no desaparecen. Son como sanguijuelas enquistadas en lo más profundo de mi ser, una especie de estaca clavada al pie de un cartel que dice "Aquí finaliza su autoestima. Bienvenido a Melancolandia". Tanto es así que basta un tropiezo para que Melancolandia invada mi autoestima, bombardee los territorios limítrofes y extienda hacia afuera sus fronteras mandándome, exiliado de guerra, a un pedorro y siente-lástima-por-uno-mismo-edor estado de depresión. Podemos descartar que todo esto sea por los desajustes hormonales de la adolescencia: hablo con 20 años y puedo dar fe de la madurez de mis gónadas. Esto es algo distinto, una patología psicológica, o quizá psico-social (tal vez una leve pero persistente neurosis obsesiva).



Lo social es insoslayable. Si tuviese que buscar una causa o génesis de mis ambiciones de autosuperación obsesivas (fundamentalmente a través de la excelencia académica) aunadas a la fragilidad de mi autoestima y la carga de ansiedad, la ubicaría en los años inmediatamente prepúberes en los que como niño obeso fui marginado entre mis compañeros de la escuela primaria (salvando unos pocos compañeritos con los cuales hice migas) y más importante aún, el hecho que el panorama estaba dominado por la cultura de la negrada inmunda (creo que es la manera más compacta de expresarlo) que tuvo su auge sobre todo después de la crisis de 2001-2002 y que sigue vigente hasta nuestros días, si bien con apoyo social decreciente entre los sectores medios (algo que no ocurría en esa época, en la que inclusive escuchabas hablar como un ignorante anencéfalo y chorro a pibes de familias normales y de barrio). Ese contexto de cargadas y descansos constantes con el único objetivo de rebajar al otro, en el que no se hacían esperar las burlas a compañeros con discapacidades (burlas muy crueles por cierto), donde los individuos << más respetados >> dentro de la clase eran los que habían golpeado a más chicos, o que se sabía que tranquilamente podrían hacerlo (generalmente se trataba de un negro trogloditoide con cara de papa), donde las pocas minas que había -por regla feas y amachonadas ellas- sobre todo hacia el final de los años de primaria, se agrandaban inmersas en ese ambiente primitivo y cavernario, y eran abordadas por los << machos alfa >> con toques en el culo alevosos y ni una palabra civilizada; en fin, todo aquello que constituye la subcultura decadente y repugnante de la negrada beligerante, no tuvo otro efecto en mi personalidad en gestación que la introversión y la necesidad de buscar un refugio para aquello que según los valores que me habían inculcado era lo correcto.



Y si bien empezó de a poco (los estudios primarios y secundarios poco valen hoy día) se transformaron gradualmente en una máxima de oro cuando empezaron a llegar los primeros logros a nivel universitario. Una etapa en la que me encuentro hoy día y por la que seguiré transitando (si Dios quiere) por varios años más.

Así las cosas, supongo que soy lo que soy en parte por el estrés cultural que me tocó vivir durante mis años de formación como personalidad independiente. El resultado: una ambición insaciable por despegarme del sucio barro de la mediocridad decadente y sin un sentido en la vida con la que me tocó iniciar el camino, quizá para reivindicar astrológicamente y sin lugar a dudas que mi elección de vida fue mejor que la de ellos, para ser un ejemplo o una referencia para todos aquellos nicolasitos del mundo que dudan de sus valores por convivir con negros soretes cuya idea de realización personal es ir a romper alambradas y asientos a la popular de la cancha de su club y cogerse un chimpancé hembra con rodete en el pelo, en una hamaca paraguaya.



Eso es lo que soy. Un loco de mierda.

miércoles, 1 de junio de 2011

La jugada

Miré por la ventanilla. Medio nublado. Las 15 hs, pongamosle. Donde me estaba metiendo ?
Baje del colectivo, camine 2 cuadras. Llegué. Desconecte el MP3. Si, era la mesa. La que hace 5 meses me deja apostarle. Esa fija que uno tiene. Sabes que podes ir. Esta sola ? si.. no. No lo está. Pero los otros pasan cuando vos no estas. Que hacen sus apuestas, y probablemente ganen tambien. La mesa ganadora, la que apostas-ganas. Win-Win le dicen. Yo se que si voy, apuesto y gano. La mesa me invita a que apueste por ella, pero conozco sus mañas. Se que voy a perder. O mas bien, no voy a ganar nada. Porque entonces?
En la otra sala, la otra mesa, mas tentativa. De reojito nomas. El casino es grande, muchas salas, muchas mesas. Hace tiempo que entré, y no quiero (ni puedo) salir. Pase por algunas, pero en este momento solo me importaba una.
Tiene gente. Hay competencia, el juego es mas agresivo. Conviene apostar? Lo vale? Son muchas las preguntas que se pasan por la cabeza. La mesa esta ahi.. tentadora. Tiene un par de apostadores, pero pasan sin pena ni gloria. Pasan a chusmear, a mirar, no tiran movimientos, fichas. No saben, no pueden. No quieren. Yo supe ganarme el lugar. Una sillita, al costadito, me da lugar a poner algunas fichitas, mientras otros apostadores fuertes son tentados. Puse mis fichitas. Con cuidado, delicadamente, fui sumando. La ruleta empezo a girar..
"Si queres apostá, pero vas a tener competencia.". Directo, sin vueltas.. Por lo menos parece confiable. Hoy en dia, cualquier solo busca que apuestes, y cagarte la plata. O esa fue mi sensación.

"Mejor me voy a la otra mesa". Siempre esta ahi, disponible. Cuando queres derrochar dinero. Cuando no te importa nada, donde todos pasan como puerta giratoria, vas, y apostas fuerte. La mano te pesa, tenes que cuidarla. Solo necesitas guantes de Latex. Total, las mesas no se ven, no se conocen, no se enteran, y yo puedo ir libremente a ambas. No lo dudé. O si, demasiado. Me acerque temerosamente. "Mira que si apostas, yo te juego todo". Lo dudé. Pense con la mano, solo con eso. Puse una fichita. La mesa me miraba. "Jugate Todo". Me lo decia. La mirada me comia. Yo sabia que tenia que hacer, no habia mucha vuelta que darle.. solo tenia que buscar los guantes, y jugarme a todo o Nada. Puse otra ficha. Puse casi todo, fui a lo fuerte, aposte casi todo lo que tenia. Me faltaba una ficha. La definitoria.
La tenia aun, sabia que tenia que hacer.. Sabia cual era la movida. La mesa no hacia mas que provocarme.. La ruleta daba vuelta y vuelta. Pero no. Mi mente voló a cualquier lado. Me senti raro.. No era yo. Definitivamente.
Tuve que abandonar. Me retiré. Estuve a punto de, pero decidi retirarme mientras pude. Porque lo hice ? Fue lo correcto ? Seguira la mesa disponible ? No lo se.. por suerte, no tuve mas que subirme a un colectivo, y dejar que el MP3 me distraiga, esa magia que tiene la musica.
Yo queria la otra mesa. Aunque aceptase otros apostadores, no me importaba. La queria. Yo queria ir, sentarme, jugar, ver, conocerla, sentir, apostar. Ganar. Sobre todo, ganar. Ganarle a los rivales, sentir "me lo merezco. Lo busque, lo conseguí, gané". La mesa invitaba a apostar. Te insinuaba, te buscaba, te hacia de una u otra manera que la recuerdes. Un mensajito, algun textito, daba señales de vida. A la mesa le gustaba que la cuiden, que la deseen, pero tambien se preocupaba por buscar otros apostadores. Y no le importaba si yo me enteraba. Me jodia eso? No. Llegue a estar sentado con la competencia. Asi, mientras mis competidores pensaban, evaluaban.. probablemente viendo si retirarse o que, yo apostaba. Pero lo mejor, es que no me veian hacerlo, solo era como un espectador mas. Apuesta silenciosa. La que evita explicaciones.
Puse mis fichas. Apuesta a largo plazo le decían.. Que numero ? No lo se, cualquiera. Pero estar ahi, que la casa sienta mi presencia, que no la olvide, y sobre todo, me invite a apostar, porque ese era su negocio. Pero..

"No va mas". No aceptó mas apuestas. De repente, paró la ruleta. Porque ? La casa se preocupa por mi. Me cuida. Cuida mis fichas. Vió una apuesta fuerte, y me cuido, cuido mi capital.. o mas bien, se cuido a ella misma. Porque cuando uno apuesta fuerte, tal vez gane. Y mucho. Y si la casa no gana, hay que pagar las consecuencias.
Recordé las otras mesas.. todas, a su manera me habian "cuidado". Será que cuando ven la apuesta fuerte, cuidan su dinero ? Tienen miedo de apostar, con los riesgos que implica? "La casa se reserva el derecho de Admision" se comenta. Y de que manera. Parece que por ahora, el Casino solo piensa que va a perder. Pero la mesa no te avisa, no te dice "no va mas". Te envia un tercero. Un monitor. No ves a la mesa que te raje, que te corte la apuesta, que cuide su capital; intermediario delante, te corta la movida. Uno no escucha.. lee.

La frase que lei, ya esta trillada.

Que camino queda ? Pues bien.. solo voy a recordar la apuesta que no pude ganar, y a la mesa la voy a ver de reojito.
Hay que buscar una nueva mesa, hasta encontrar la ganadora, la que no tenga miedo de apostar y ganar, juntos, un millon de Dolares.

Mientras tanto, puedo apostar en la fija, la que no tiene miedo de apostar.. porque no tiene nada que perder. Y seguir buscando. Porque yo tampoco tengo nada que perder.